La visión de Isnel planas sobre la corteza terrestre.
No es raro ver en cualquier libro sobre arte, cómo los primeros habitantes de la tierra utilizaron lo que tenían a mano para construir eso que, los teóricos, han denominado arte primitivo. Pero hay también algo indiviso, necesario de hacer comprender, cuando se trata de escudriñar nuestro subsuelo; o cuando simplemente se mira un árbol o lo árboles al ser talados y se observa como en su interior están también delineadas las edades de ellos, y hasta si hacemos una abstracción de lo visto en esos cortes, comprendemos el estudio de la corteza terrestre.
Hoy estamos ante una exposición organizada por el espacio galerístico de la galería Ateneo-Viet Nam, en la que un artista, Isnel Planas, autodidacta en el sentido académico, pero que ha logrado a fuerza de laboriosidad y sin faltarle talento, el ir realizando una obra que se expande y, a la vez, se define por sí sola por sus valores intrínsecos. Gracias a sus búsquedas, Planas, en un constante contraste entre oscuridad y esclarecimientos, ha incursionado en una manera apócrifa de mezclar lo proveniente del registro geológico erosionado por el tiempo implacablemente, y el estilo afín de un creador que unifica ambas cosas –¿por qué no?- en un entorno propio y lo convierte en una expresión artística.
Desde la aparición en 1962 del singular texto de Paul Wingert, Primitive Art, estamos abocados a realizar un examen de la contribución del arte primitivo a lo que se ve denominaba arte, y que la filosofía surrealista de las décadas de los años 1920 y 1930, consideró motivadas por un principio de placer. Más allá de la consignación de las prácticas mágicas con objetos esculpidos, la utilización de otros materiales –a veces desagradables o degradables- otorgan a ese arte una súbdita fascinación.
Y por esa vía que transita Isnel Planas, revelándonos mediante una abstracción incauta la información de la fuerza ígnea que brota de la tierra, como para expresarnos cuanta importancia tiene ella y, además, el valor implícito en el acontecimiento histórico en el tiempo transcurrido, amén de las increíbles orgías de formas indefinidas que nos sugiere este creador en cada uno de sus cuadros a tenor de su concepto geológico trocado en arte.
En consecuencia de lo expresado, el espectador aprecia estas obras como salidas de la tierra, y se siente compelido a mirarlas con un sentimiento de persistente interés, hurgando cada detalle, instando a su imaginación a que defina si es un mundo de luz o de castigo, como si los dioses fueran del más allá, y no nosotros mismos dispuestos a refrendar la razón y las leyes naturales de la armonía. El extrañamiemto de estos cuadros, crean un simulacro de santuario material en el espacio público, pero tiene, sobre todo, una actitud de indulgencia con más potencia hacia la insinuación. Reflejan ellos, en definitiva, la perspectiva particular de la condición humana, y para el caso es la First Word de Isnel Planas, cuyo núcleo del problema en él, según infiero, radica en su perspicacia para hacer discernir un concepto indefinido de belleza, que habitualmente no vemos en el subsuelo, y mucho menos en la función ritual o utilitaria que se nos muestra en esa capa de manera casual. Pero como Isnel Planas sí lo sabe, en su condición de geólogo de profesión, considera importante enseñarnos las dos vías que suelen ser para casi todos los espectadores incompatibles, y para ser honestos, digamos con propiedad que hasta pueden ser congéniales si los teóricos y críticos de arte las ven y hacen ver como belleza, y los científicos las toman en cuenta como antropología.
Diviértase, pues, quien se asome a estas obras, como lo ha hecho su creador al conformarlas; así, Ud., como concurrente, asumirá una experiencia estética digna, palpable, y de obligatoria reflexión.
Jorge Santos Caballero.
En La Vigía, diciembre del 2008
No es raro ver en cualquier libro sobre arte, cómo los primeros habitantes de la tierra utilizaron lo que tenían a mano para construir eso que, los teóricos, han denominado arte primitivo. Pero hay también algo indiviso, necesario de hacer comprender, cuando se trata de escudriñar nuestro subsuelo; o cuando simplemente se mira un árbol o lo árboles al ser talados y se observa como en su interior están también delineadas las edades de ellos, y hasta si hacemos una abstracción de lo visto en esos cortes, comprendemos el estudio de la corteza terrestre.
Hoy estamos ante una exposición organizada por el espacio galerístico de la galería Ateneo-Viet Nam, en la que un artista, Isnel Planas, autodidacta en el sentido académico, pero que ha logrado a fuerza de laboriosidad y sin faltarle talento, el ir realizando una obra que se expande y, a la vez, se define por sí sola por sus valores intrínsecos. Gracias a sus búsquedas, Planas, en un constante contraste entre oscuridad y esclarecimientos, ha incursionado en una manera apócrifa de mezclar lo proveniente del registro geológico erosionado por el tiempo implacablemente, y el estilo afín de un creador que unifica ambas cosas –¿por qué no?- en un entorno propio y lo convierte en una expresión artística.
Desde la aparición en 1962 del singular texto de Paul Wingert, Primitive Art, estamos abocados a realizar un examen de la contribución del arte primitivo a lo que se ve denominaba arte, y que la filosofía surrealista de las décadas de los años 1920 y 1930, consideró motivadas por un principio de placer. Más allá de la consignación de las prácticas mágicas con objetos esculpidos, la utilización de otros materiales –a veces desagradables o degradables- otorgan a ese arte una súbdita fascinación.
Y por esa vía que transita Isnel Planas, revelándonos mediante una abstracción incauta la información de la fuerza ígnea que brota de la tierra, como para expresarnos cuanta importancia tiene ella y, además, el valor implícito en el acontecimiento histórico en el tiempo transcurrido, amén de las increíbles orgías de formas indefinidas que nos sugiere este creador en cada uno de sus cuadros a tenor de su concepto geológico trocado en arte.
En consecuencia de lo expresado, el espectador aprecia estas obras como salidas de la tierra, y se siente compelido a mirarlas con un sentimiento de persistente interés, hurgando cada detalle, instando a su imaginación a que defina si es un mundo de luz o de castigo, como si los dioses fueran del más allá, y no nosotros mismos dispuestos a refrendar la razón y las leyes naturales de la armonía. El extrañamiemto de estos cuadros, crean un simulacro de santuario material en el espacio público, pero tiene, sobre todo, una actitud de indulgencia con más potencia hacia la insinuación. Reflejan ellos, en definitiva, la perspectiva particular de la condición humana, y para el caso es la First Word de Isnel Planas, cuyo núcleo del problema en él, según infiero, radica en su perspicacia para hacer discernir un concepto indefinido de belleza, que habitualmente no vemos en el subsuelo, y mucho menos en la función ritual o utilitaria que se nos muestra en esa capa de manera casual. Pero como Isnel Planas sí lo sabe, en su condición de geólogo de profesión, considera importante enseñarnos las dos vías que suelen ser para casi todos los espectadores incompatibles, y para ser honestos, digamos con propiedad que hasta pueden ser congéniales si los teóricos y críticos de arte las ven y hacen ver como belleza, y los científicos las toman en cuenta como antropología.
Diviértase, pues, quien se asome a estas obras, como lo ha hecho su creador al conformarlas; así, Ud., como concurrente, asumirá una experiencia estética digna, palpable, y de obligatoria reflexión.
Jorge Santos Caballero.
En La Vigía, diciembre del 2008
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